Vivimos y trabajamos en el Alto Río Percy, a 13 km de Esquel, en el corazón de la Patagonia. Entre la cordillera, los bosques y el río, cada pipa toma forma en nuestro taller, una por una y completamente a mano.
En 2020 tallé mi primera pipa con herramientas improvisadas y mucho tiempo libre. No quedó perfecta. Tampoco importó. Me enganchó el proceso: la madera, la forma, el tacto de algo que va tomando vida bajo las manos.
Hoy tengo mi propio taller en el Alto Río Percy, a pocos kilómetros de Esquel, en plena Patagonia. Fabrico las herramientas que no consigo, investigo maderas patagónicas que casi nadie utiliza para hacer pipas y trabajo a mi ritmo: entre seis y ocho días para terminar cada pieza, sin apuro.
No busco producir en serie. Prefiero hacer pocas pipas y dedicarles el tiempo que cada una necesita.
Cada pipa lleva mi firma y un nombre propio. Porque cuando está terminada, deja de ser solo un objeto: es una pieza única, con una historia que empieza en el bosque y continúa en las manos de quien la elige.
Alto Río Percy · Esquel
El taller está en el Alto Río Percy, sobre la ladera del valle. Desde la ventana veo la cordillera, escucho el río y tengo el bosque a pocos metros del banco de trabajo.
Ese paisaje no es solo el entorno: también forma parte de cada pipa. El silencio, el ritmo de la naturaleza y el tiempo con el que crecen los árboles me recuerdan que las mejores piezas no se apuran. Solo hay que seguir la veta y dejar que la madera encuentre su forma.
Muchas de las herramientas que uso las hice yo mismo. No porque no existan, sino porque las que existen no hacen exactamente lo que necesito.
Eso viene del oficio de docente rural: resolver con lo que hay. No esperar que llegue algo desde afuera. Hacer, y hacerlo bien.
El tallado, el lijado, el aceitado. Repito cada etapa hasta que la pieza me responde. No hay una cantidad fija — hay una sensación que me dice cuándo está lista.
Esa parte no se puede automatizar ni apurar. Es la diferencia entre una pipa y una pieza.
— El taller en imágenes












Vivo con Teresita y nuestros tres hijos en el Alto Río Percy. El taller forma parte de nuestra vida cotidiana. Tomás ya se acerca, agarra herramientas y observa cómo la madera va cambiando entre mis manos. No sé si algún día seguirá este camino, pero me gusta que crezca viendo que las cosas pueden hacerse con paciencia.
Cada pipa lleva un nombre. Si es un encargo, conserva el que elige quien la va a recibir. Si nace en el taller sin destino, ese nombre lo elijo yo. También la firmo a mano. No es un detalle: es la forma de hacerme responsable de cada pieza que sale de mi banco de trabajo.
Aunque viaje a cualquier lugar del mundo, cada pipa se lleva un poco del Alto Río Percy, de Esquel: el tiempo con el que fue hecha, el silencio del taller y el paisaje que la vio nacer.
Algunas cosas que pasaron